En junio de 2003, Hamilton Naki subió al escenario de la Universidad de Ciudad del Cabo para recibir un Máster honorario en Ciencias Médicas.
Nunca había estudiado medicina en una universidad.
Décadas antes había llegado al mismo campus para trabajar como jardinero.
Naki nació en 1926 en el Transkei, Sudáfrica, y recibió una educación escolar limitada. Siendo joven se trasladó a Ciudad del Cabo y consiguió empleo en la universidad. Una de sus tareas era cuidar los jardines y pasar el rodillo sobre las canchas de tenis.
Su vida cambió en la década de 1950.
Robert Goetz, profesor de investigación quirúrgica, necesitaba ayuda en el laboratorio experimental y comenzó a asignarle tareas con animales. Naki pasó de limpiar y preparar el material a aprender anestesia, colocar vías, suturar y asistir en operaciones.
Incluso participó en investigaciones con una jirafa destinadas a estudiar cómo su sistema circulatorio soportaba los enormes cambios de presión producidos al bajar y levantar la cabeza.
Naki aprendía mirando.
Con el tiempo, sus manos comenzaron a hacer trabajos que normalmente correspondían a personas con años de formación médica. Podía anestesiar animales, realizar procedimientos vasculares y llegó a efectuar trasplantes experimentales de hígado en cerdos prácticamente sin ayuda.
Cuando Christiaan Barnard regresó de Estados Unidos para desarrollar técnicas de cirugía cardíaca, Naki se incorporó a su trabajo experimental. Primero actuó como anestesista y después fue nombrado principal asistente quirúrgico del laboratorio por su destreza. Su trabajo con corazones, hígados y riñones formó parte de la investigación que rodeó el desarrollo de los programas de trasplantes de la Universidad de Ciudad del Cabo.
Todo aquello ocurría bajo el apartheid.
La distancia entre lo que Naki sabía hacer y el reconocimiento profesional que podía recibir era enorme. No tenía título médico ni podía seguir la trayectoria convencional de los cirujanos a los que ayudaba a formar.
Y, sin embargo, terminaron aprendiendo de él.
Generaciones de médicos pasaron por aquel laboratorio. La propia universidad estima que Naki ayudó en la formación de miles de cirujanos; al menos una docena terminaron convirtiéndose en profesores de cirugía o jefes de departamento en diferentes países.
Se jubiló en 1991.
En 2002 Sudáfrica le concedió la Orden de Mapungubwe en Bronce por su contribución a la investigación médica. Un año después regresó a la universidad donde había empezado cuidando el césped.
Esta vez no llevaba herramientas de jardinero.
Vestía toga académica.
La institución que décadas antes lo había contratado para mantener sus terrenos lo recibió en el escenario para reconocerlo como aquello en lo que se había convertido sin pasar por una facultad de medicina: uno de sus maestros de cirugía experimental.
