«Yo había crecido en un mundo donde te cortaban las alas de los sueños muy rápido. Mi barrio no era un barrio como para tener grandes sueños.
No crecí ni en un entorno familiar ni en un barrio en donde tú pudieras soñar con cosas grandiosas. Cuando te ibas haciendo más mayor, de un plumazo, a veces de un coscorrón de madre, otras veces de alguna frase dura, pues te quitaban la tontería de la cabeza.
Tenías quince años y te veían en monopatín y ya te mandaban a trabajar, o a la universidad. Ahora vivo en un país donde si tú estás muy bien con tu monopatín, tus padres te dicen «tío, que con esto puedes hacer dinero, progresar, anímate».
A mí el poder haber viajado tanto me ha dado la oportunidad de darme cuenta de que hay muchos mundos y muchas fórmulas y eso me ha hecho recuperar la inocencia.
También he tenido la suerte de conocer personas maravillosas a la misma vez que conocía diablos, entonces así como me iban quitando la inocencia, así como se me iba quemando, se me iba reponiendo.
Entonces he tenido siempre esta especie de «no podrán conmigo, hermana»».
