Ya todos los conocían. Andaban por ahí a diario, recibían cariño y se quedaban cerca de la gente.
Cuando el coro empezó a cantar, se sentaron bien atentos y comenzaron a aullar bajito, como siguiendo la melodía. Algunas personas soltaron una risa suave, otros se emocionaron y el padre no pudo evitar sonreír mientras seguía con la misa.
Por unos segundos, el lugar se llenó de un ambiente muy bonito, de esos que no se planean.
Y es que cuando una iglesia adopta a un perrito, no solo le da techo y comida. También lo hace parte de su comunidad.
