Por: Marisela Gutiérrez
No escribo para agradar, escribo para que despierten.
Es una realidad decepcionante ver cómo muchas instituciones, especialmente aquellas creadas para defender los derechos del pueblo, solo alzan la voz cuando el tema se ha vuelto mediático o cuando les resulta conveniente para su imagen.
Organismos como los derechos humanos, cuya misión debería ser proteger a los más vulnerables de forma constante y objetiva, muchas veces brillan por su ausencia ante situaciones graves. No se escuchan cuando hay abusos, injusticias o violaciones claras a los derechos fundamentales. Sin embargo, cuando un escándalo estalla en la opinión pública como el caso reciente de Senasa, aparecen de inmediato a dar declaraciones y solidarizarse, como si nunca hubiesen tenido conocimiento previo.
Esta conducta de doble cara, de querer quedar bien con todos, los hace cómplices por omisión. Quieren estar con Dios y con el diablo, pero terminan quedándose sin credibilidad.
El pueblo no necesita instituciones que aparezcan solo en los titulares. Necesita entes firmes, coherentes, que trabajen desde el silencio también, que estén donde deben estar antes de que la bomba explote. Porque la defensa de los derechos no debe ser selectiva, ni oportunista.
