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El presidente Luis Abinader siempre ha sido comparado con su padre, José Rafael Abinader, no solo porque compartían el nombre, sino porque físicamente se parecían de una manera sorprendente.
Ambos eran altos, delgados, de porte serio y elegante, con rasgos árabes muy marcados y una mirada firme y analítica. Hasta la forma de pararse, de caminar y de hacer pausas al hablar reflejaba un estilo casi idéntico.
Pero el parecido iba más allá de lo físico.
José Rafael Abinader fue un hombre disciplinado, metódico y profundamente organizado, cualidades que su hijo heredó casi al pie de la letra. Fue un político respetado, un académico dedicado y un empresario con visión.
Trabajó en la UNPHU como vicerrector administrativo y luego, con su propia filosofía de educación y administración, fundó la Universidad Dominicana O&M, una institución que hoy es una de las más grandes e influyentes del país.
En su hogar, la educación era ley. José Rafael inculcó en sus hijos la importancia del estudio, la responsabilidad y la discreción.
Les enseñaba que el trabajo debía hacerse con constancia, sin escándalos y sin ruidos innecesarios. Ese estilo marcó profundamente al hoy presidente, quien heredó la paciencia, la calma estratégica y la costumbre de pensar antes de reaccionar.
En lo político, José Rafael fue más un mentor que un padrino. Luis aprendió de él cómo moverse entre empresarios, cómo entender el Estado por dentro y cómo construir una carrera a largo plazo sin buscar confrontaciones.
Ese aprendizaje es evidente hoy en su estilo de gobierno más técnico, sobrio y estructurado.
Por todo esto, mucha gente dice que Luis Abinader no solo se parece a su padre; es, en muchos aspectos, la continuación natural de la disciplina, la elegancia y la serenidad que caracterizaban a José Rafael Abinader.
