Por Anaida Polanco
Santiago, RD.19 de abril 2026.- La sociedad dominicana se estremece una vez más ante la noticia del horrendo asesinato de David Carlos Abreu, un joven conductor de camión recolector de basura, en un incidente que ha puesto de manifiesto la alarmante escalada de intolerancia y la deshumanización que parece arraigarse en nuestras calles.
Este trágico suceso, donde un simple incidente de tránsito se transformó en un acto de barbarie, nos obliga a una profunda reflexión sobre el camino que estamos tomando como sociedad.
Según los reportes, el camión que conducía David Carlos impactó un motoconcho, un incidente que, en cualquier sociedad civilizada, debería resolverse a través del diálogo y los mecanismos legales. Sin embargo, lo que ocurrió fue una reacción desproporcionada y brutal: el conductor del motoconcho y sus compañeros, armados con armas blancas, persiguieron y quitaron la vida a David Carlos.
Lo más desgarrador, lo que clama al cielo y nos avergüenza como comunidad, es que mientras este joven pedía auxilio desesperadamente, la multitud que presenciaba el horror optó por grabar con sus celulares, convirtiéndose en espectadores pasivos de una tragedia que pudo haberse evitado.
Este suceso no es un hecho aislado. La Procuradora General, Yeni Berenice Reynoso, ha señalado que más de la mitad de los homicidios en el país se originan en conflictos sociales menores, como roces de vehículos o discusiones triviales.
(Según datos presentados por la procuradora adjunta Yeni Berenice Reynoso en marzo de 2026, aproximadamente 6 de cada 10 homicidios (58.9% – 59%) en la República Dominicana ocurren a causa de conflictos sociales y altercados ciudadanos.
Listín Diario).
Esta «violencia expresiva», como la describe la procuradora, transforma incidentes cotidianos en tragedias irreversibles. La proliferación de armas blancas y de fuego ha incrementado la letalidad de estos conflictos, donde la capacidad de diálogo y la resolución pacífica parecen haberse diluido.
La falta de tolerancia, la impaciencia, la agresividad y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno son síntomas de una enfermedad social que nos carcome.
De camino a la ciudad de Santo Domingo Ayer sábado, fui testigo de la violencia, en Pedro Brand, dónde un motor rozo un automóvil y el conductor del mismo con pistola en mano persiguió al motorista y lo acorraló, sin que nadie interviniera y con la notable ausencia de la policía.
¿En qué momento perdimos la capacidad de empatizar, de intervenir, de ofrecer una mano amiga en lugar de un lente de cámara? La pasividad de quienes presenciaron el asesinato de David Carlos no solo refleja una desensibilización, sino también un temor palpable, una falta de confianza en la justicia y en la capacidad de la sociedad para proteger a sus miembros.
Es imperativo que, como sociedad, nos detengamos a examinar nuestras actitudes y comportamientos. La solución no reside únicamente en más leyes o mayor presencia policial, aunque estas sean necesarias.
La verdadera transformación comienza en el seno de cada individuo, en la educación de nuestros hijos en valores de respeto, paciencia y empatía.
Necesitamos fomentar una cultura de diálogo y resolución pacífica de conflictos, donde la vida humana sea valorada por encima de cualquier roce o disputa.
El asesinato de David Carlos Abreu es un recordatorio doloroso de que la intolerancia y la violencia nos empobrecen a todos. Es una llamada de atención urgente para que, en lugar de ser meros observadores, nos convirtamos en agentes de cambio, defensores de la tolerancia y promotores de una sociedad donde la vida sea sagrada y la ayuda al prójimo un instinto inquebrantable.
